Hace tanto, allá

en el Marconi

Mamá siempre nos decía, “Ni se les ocurra ir por ahí,” lo que en nuestras cabecitas de niños traviesos provocaba una tregua a nuestras peleas diarias, y nos aliaba temporalmente para una aventura ultra-secreta. Esperábamos a la hora muerta de la siesta, el único momento del día en que la vigilancia materna bajaba la guardia, y las armas – cucharas de madera, chinelas, cinturones, y demás instrumentos de disciplina – estaban lo suficientemente lejos para alcanzarnos.
Ruth Camargo
 
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El primer ronquido era la señal. Nos lanzábamos de nuestras camas, dejando almohadas como señuelos, y en puntas de pie nos asomábamos hasta su cuarto, asegurándonos de que realmente estaba dormida. La vieja, como le decimos cariñosamente a las madres en el Río de la Plata, estaba rendida. Nos escabullíamos por el pasillo, pasando por la cocina con más cuidado porque ahí era su cuartel, donde ella era la única que dirigía el horno, la mesada, las hornallas, ollas, las sartenes; un ruido accidental de un utensilio y estábamos fritos.

​​Una vez afuera, pedaleábamos a la aventura, por la calle Posolo hasta su final, o su comienzo, doblábamos en la calle Juan Acosta y luego de unas vueltas sinuosas, cruzábamos el arroyo Miguelete, maloliente línea divisoria entre nuestro barrio, Las Acacias, y el barrio Marconi. Cruzar el puente era como cruzar la frontera. El extranjero no era bienvenido, y quien entraba sin permiso, no salía entero, o no volvía a salir. Pero mi hermano y yo teníamos permiso, no de los ladrones de la zona, sino de nuestros compañeros de escuela. 
Fútbol en el desarraigo y desigualdad de género
Ruth Camargo
 
Mientras en el mundo futbolero hay un aplastante interés por la Copa América, pocos parecen estar siguiendo lo que por lógica debería ser más trascendente: un campeonato mundial. Digo “un” y no “el” porque “El Mundial" a secas generalmente se entiende como el que juegan los varones adultos.
 
El primer partido del mundial femenino se jugó en Edmonton, Canadá, el sábado 6 de junio, el mismo día que la final de la Champions League entre el Barcelona y la Juventus en Berlín, Alemania. Recuerdo bien la fecha porque el zaguero de mi vida (transportador de dulce de leche y demás artículos preciados desde Uruguay) había calculado su viaje entorno a esta final. Por otro lado, también ese sábado los Blackhawks jugaban uno de los play-offs de la Copa Stanley de hockey.
 
Nadie hablaba del mundial femenino de fútbol. Acá al fútbol le dicen soccer.
 
Chicago es una ciudad amante de los deportes y con grandes equipos locales. Los bares de deportes se llenan de norteamericanos que siguen el football (el fútbol americano), el hockey, el básquetbol y el béisbol, mientras los sudamericanos, caribeños, europeos, africanos, asiáticos, y oceánicos veneramos el “jogo bonito”. A veces toca explicarle a algunos yanquis que en todos los países del mundo excepto en éste, el fútbol—masculino—tiene una importancia casi religiosa y los jugadores son como deidades: hacen milagros, reciben manos de dios, condicionan tu estado de ánimo y hasta pueden arruinarte el día.
 
Solo cinco días después de la final de la Champions, toda la atención del fútbol continuó con los varones por la Copa América.
 
Como uruguaya y futbolera, soy fiel a la selección de mi país, pero aquella no-feliz tarde mientras la mayoría de las personas en el bar gritaba por “laaaargentina” frente a las pantallas con sonido, en el fondo, escondidas y silenciosas, dos monitores mostraban a Abby Wambach, delantera de la selección femenina de Estados Unidos, metiendo un gol de salto y rodilla frente a Nigeria.
 
Nadie estaba mirando ese partido. Pero yo lo seguía de reojo.
Por esos días los Blackhawks de Chicago ganaron el campeonato de hockey. Hubo una celebración masiva en la ciudad. Vale decir que se llenó un estadio con todo tipo de personas, incluyendo familias con niños pequeños y que no hubo incidentes.

Después de lamentar la derrota y el bochorno del partido Uruguay-Chile, con arbitrajes sobrados de arbitrariedad, me dio vergüenza ver a estos varones que ganan millones de euros (que en dólares son más millones), primero haciéndose los matones, tocándose las partes no tan nobles, y luego llorisqueando como nenas. Quizás expresarlo así sea machista, pero así está el fútbol masculino: lleno de nihilismo, lleno de corrupción, lleno de mierda.

Tuvo que ser el país más indiferente al fútbol—masculino—el que le parara el carro a la alevosa mafia de la FIFA. Claro que tiene sus intereses propios, pero justo en esta ocasión, el resultado favorece al bien común.

Es el país donde vivo: el país del individualismo fundacional, la devoción al capitalismo y el racismo incurable, donde el amor a las armas supera al amor al próximo; donde un payaso multimillonario con nombre de personaje de Disney aspira al trono presidencial y se refiere a los inmigrantes mexicanos como traficantes, criminales y violadores; donde los inmigrantes de todo el mundo traen no solamente su pasión por el fútbol y su país, sino que además estudian, trabajan, montan negocios, medios de comunicación, y también se convierten en líderes y empresarios lo suficientemente poderosos para generar un cambio positivo en esta alguna vez conocida como “tierra de la libertad”.
 
Ya que hoy tanto se habla de la igualdad de género, recordemos que el deporte femenino, y el fútbol femenino en particular, sigue siendo víctima de discriminación de genéro en todo el mundo.
 
Reconozco, no como experta sino como humilde espectadora de fútbol—masculino—que no le he prestado al fútbol femenino la atención que merece. Quizás porque los propios medios nos invaden con tanto fútbol masculino y demás deportes. Considerando que aquí la práctica y la importancia que se le da a este deporte es unisex, y que los hombres tienen demasiada competencia en el resto del mundo, podría decirse que en Estados Unidos, el fútbol es de las mujeres. La selección femenina se ha coronado campeona del mundo en dos ocasiones y ha logrado el oro en cuatro campeonatos olímpicos.
El sábado 4 de julio, un ratito antes de la final de la Copa América (¿ganará la historia o la nueva arbitrariedad?), en el algo-menos-mafioso mundo del fútbol femenino, Alemania e Inglaterra se enfrentarán por el tercer puesto en el mundial de Canadá, mientras en el país donde vivo habrá fuegos artificiales por el Día de la Independencia, y quizás algún borracho en un bar karaoke cante “Happy Birthday, Yankilandia”. No sé si acá tienen en cuenta que son 239 años, pero para mí sigue siendo el feriado de verano donde las casas relucen sus banderines y la gente hace barbacoa.
 
Sin embargo de a poco me he ido convirtiendo en hincha del Team USA—del femenino en particular. El domingo es la final del mundial de Canadá y no habrá fútbol de varones que la opaque. El Team USA juega contra Japón, las actuales campeonas. Así que me sentaré en un bar frente a alguna pantalla con sonido a tomar una cerveza artesanal y a disfrutar de un lindo partido de fútbol, con menos euros, menos payasos, y caballerosidad de damas. Y en una de esas, quién te dice, hasta grite “Goal!”
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Galeano, el último de los virginianos
     Esa noche iba a compartir cervezas, ideas, y formas de entender el mundo con artistas de países hermanos, lo que para mí es esencial y necesario desde que dejé mi querida Montevideo y mi querido Uruguay para estudiar en Chicago, en Yanquilandia.
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Números del día
Cada marzo en Estados Unidos, toca llenar los formularios de impuestos anuales. A mí por suerte siempre me devuelven algún dólar que va derechito a pagar la universidad, mientras otra gente compra iPhones o pantallas planas que cubren una pared. Si bien reconozco mi debilidad por los libros y los zapatos (no sé cuántos tengo), no soy consumista; no habría sobrevivido. Así que acá estoy, haciendo números otra vez.
Desde que tengo uso de razón, mi mejor inversión ha sido viajar. Con mochila o valija, sola, de a dos o en barra, por trabajo o turismo, por avión, tren, auto, barco, o a pie; por televisión, radio, o internet, me importa conocer el entorno más allá de mi nariz. Conocer personas del mundo. Sé que he pisado el suelo de 17 países, pero he perdido la cuenta de los países que visitado a través de las personas que he encontrado en esta última década, y también gracias a vivir en esta ciudad, tan cosmopolita y tan llena de culturas. Chicago me ha llevado a México, a Puerto Rico, Colombia, Perú, India, China, Nigeria, Polonia. Chicago ha sido el viaje más largo y más enriquecedor que he hecho. También ha sido la inversión más cara de mi vida, por su precio económico, sí, pero el mayor precio que he pagado es el afectivo.   
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Trabajo de hormigas anatómicas
      Otro 1° de mayo en Chicago. Otro 1° de mayo que no solo no es feriado en EEUU, sino que nadie parece saber que existe, que más de 70 países del mundo lo celebran, y que tuvo su origen precisamente en esta ciudad.
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